Aquel 12 de octubre de 2012 ha quedado grabado a fuego en mi memoria.
Era la hora de comer y mi padre esperaba tumbado en la cama a que le ayudásemos a levantarse para ir a la mesa del comedor. Aquel día mi madre había preparado cocido para todos y estaba batiéndolos en puré para él, porque hacía mucho que casi no comía y, lo que ingería, no era sólido.
De repente me llamó desde su habitación. Su brazo derecho había comenzado a agitarse de arriba a abajo y él no podía controlarlo. Nos asustamos. Entonces la agitación se trasladó también a su cabeza. Su rostro se trasfiguró. Estaba sufriendo una especie de ataque epiléptico.
Corrí al teléfono y llamé al 112. El servicio de ambulancias me aseguró que estarían en nuestro domicilio en 10 minutos. En ese impás de tiempo regresé a su dormitorio. Allí mi madre le acariciaba y calmaba. Su cuerpo también se relajó. Su rostro volvió a su ser, aunque el miedo se podía ver en el azul de sus pupilas, porque lo recordaba todo y es que, en ningún instante, mientras sufría aquel ataque, perdió la consciencia.
En el hospital donde lo ingresaron nos informaron que la metástasis, que ya le había cogido los pulmones, el hígado y el omoplato derecho, se había extendido también al cerebro. Decidieron radiarle.
Aquellos días en el hospital fueron pocos, pero, aún nos tocaría vivir dos nuevos sucesos que nos dejarían a ambos marcados. Apenas se mantenía en pie y pasaba la mayor parte del tiempo tumbado. Necesitaba mi ayuda para casi realizar casi todas sus necesidades vitales.
Una de aquellas noches en las que el dormía y yo escuchaba la radio mientras velaba su sueño acudió al dormitorio de mi padre una amiga mía. Venía buscando mi consuelo y yo no tenía ánimos para levantar la moral de nadie. Su madre había fallecido tras una larga agonía.
Ella no fue la única persona que murió aquella noche. Hubo otro deceso en la misma planta del hospital en la que estaba ingresada mi padre. Falleció un anciano y su familia, sin ningún respecto hacia el resto de enfermos, comenzó a gritar y a llorar en el pasillo del hospital. Todos lo escuchamos. También los que, como mi padre, estaban a un paso de morir.
En aquel momento mi padre me agarro la manó. Creo que fue la segunda vez que sintió miedo a lo largo de su dolorosa enfermedad. Le dije que alguien había fallecido. No hizo falta que hablaramos más. Los dos nos sumergimos en un profundo silecion y, prometí, que el día que le llegase a él su hora yo no actuaría de semejante manera. Los demás enfermos merecian un respeto y tenían el derecho de que nadie les recordara con sus llantos y sus gritos lo cerca que estaba la muerte en aquel largo y frío pasillo de hospital