El día que decidí comenzar a escribir este blog mi agobio personal había llegado hasta un grando tal que la tristeza me atenazaba el corazón. Pensé que, desahogareme a través de esta vía, me ayudaría a superar mis miserias y comencé a describir mis sentimientos. No quería tener lectores. Sólo quería dejar constancia de todas mis reflexiones, acertadas o no, para releerlas cuando todo esto quedase superado y comprender qué clase de persona era yo. En qué me habían convertido mis vivencias.
Por lo tanto este blog es una especie de diario personal que, deseo, no se dilate en exceso en el tiempo. No obstante, si alguien pretende leerme y quiere adentrarse en este oscuro mundo en el que vivo, debería conocer primero cuál es el origen u orígenes de mis miserias.
Todo comenzó el 2 de julio del 2009 cuando a mi padre le diagnosticaron un cáncer de esófago en estadio III. Aquella noticia fue un mazazo para toda mi familia e, inicié, entonces, una búsqueda en internet para descubrir qué esperanza de vida tendría un enfermo con semejante pronóstico.
Los datos no eran muy alagüeños. A lo sumo viviría 1 año más.
Durante 6 meses, acudimos casi semanalmente al servicio de oncología de nuestro hospital de referencia.Allí, sus ángeles azules, las enfermeras, lo mimaban mientras le aplicaban el tratamiento de quimioterápia que ordenaba la doctora. Al parecer durante ese tiempo, el cóctel químico que le introducían por vía intravenosa surtía efecto y, las pequeñas metástasis pulmonares, se reducían.
Pero, en enero del 2010, algo comenzó a fallar. La medicación contra el cáncer había producido un trombo en el pulmón y pasamos varios días en una habitación de hospital. Poco después sus defensas se vieron mermadas y una bacteria, gemella morbillorum, provocó una importante infección que nos obligó a ingresarlo en dos ocasiones. Durante casi 3 meses no pudo tomar el tratamiento de quimioterapia y, las odiosas células cancerígenas proliferaron en su cuerpo. El mal se había hecho resistente al viejo tratamiento y el nuevo no surtió el efecto esperado. Ya nada se podía hacer.
En agosto del 2010 volvió a ingresar en el hospital. En esta ocasión, el tratamiento paliativo de la enfermedad le provocó una taquicardia que se vió corregida con una adecuación de la dosis de los medicamentos.
Tras superar ese bache, seguimos acudiendo semanalmente al hospital. Todos los miércoles por la mañana, hacia las 8:00, llegábamos al servicio de oncología para que le hicieran los pertinentes análisis de sangre y le aplicasen el tratamiento paliativo de la enfermedad. Todos los miércoles pedía permiso en el trabajo para poder acompañar y cuidar a mi padre. Aunque eso me supusiera trabajar 10 horas el resto de días de la semana.
A lo largo de ese período fui consciente de que las enfermeras, pero sobre todo la oncóloga, veía a mi padre como un luchador. En su lamentable estado cualquiera habría tirado ya la toalla. Pero él seguía fuértemente aferrado a la vida. Hasta el 12 de octubre de 2010.
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