domingo, 6 de enero de 2013

El día del Pilar

Aquel 12 de octubre de 2012 ha quedado grabado a fuego en mi memoria.
Era la hora de comer y mi padre esperaba tumbado en la cama a que le ayudásemos a levantarse para ir a la mesa del comedor. Aquel día mi madre había preparado cocido para todos y estaba batiéndolos en puré para él, porque hacía mucho que casi no comía y, lo que ingería, no era sólido.
De repente me llamó desde su habitación. Su brazo derecho había comenzado a agitarse de arriba a abajo y él no podía controlarlo. Nos asustamos. Entonces la agitación se trasladó también a su cabeza. Su rostro se trasfiguró. Estaba sufriendo una especie de ataque epiléptico. 
Corrí al teléfono y llamé al 112. El servicio de ambulancias me aseguró que estarían en nuestro domicilio en 10 minutos. En ese impás de tiempo regresé a su dormitorio. Allí mi madre le acariciaba y calmaba. Su cuerpo también se relajó. Su rostro volvió a su ser, aunque el miedo se podía ver en el azul de sus pupilas, porque lo recordaba todo y es que, en ningún instante, mientras sufría aquel ataque, perdió la consciencia.
En el hospital donde lo ingresaron nos informaron que la metástasis, que ya le había cogido los pulmones, el hígado y el omoplato derecho, se había extendido también al cerebro. Decidieron radiarle.
Aquellos días en el hospital fueron pocos, pero, aún nos tocaría vivir dos nuevos sucesos que nos dejarían a ambos marcados. Apenas se mantenía en pie y pasaba la mayor parte del tiempo tumbado. Necesitaba mi ayuda para casi realizar casi todas sus necesidades vitales.
Una de aquellas noches en las que el dormía y yo escuchaba la radio mientras velaba su sueño acudió al dormitorio de mi padre una amiga mía. Venía buscando mi consuelo y yo no tenía ánimos para levantar la moral de nadie. Su madre había fallecido tras una larga agonía.
Ella no fue la única persona que murió aquella noche. Hubo otro deceso en la misma planta del hospital en la que estaba ingresada mi padre. Falleció un anciano y su familia, sin ningún respecto hacia el resto de enfermos, comenzó a gritar y a llorar en el pasillo del hospital. Todos lo escuchamos. También los que, como mi padre, estaban a un paso de morir.
En aquel momento mi padre me agarro la manó. Creo que fue la segunda vez que sintió miedo a lo largo de su dolorosa enfermedad. Le dije que alguien había fallecido. No hizo falta que hablaramos más. Los dos nos sumergimos en un profundo silecion y, prometí, que el día que le llegase a él su hora yo no actuaría de semejante manera. Los demás enfermos merecian un respeto y tenían el derecho de que nadie les recordara con sus llantos y sus gritos lo cerca que estaba la muerte en aquel largo y frío pasillo de hospital

El origen de mis miserias

El día que decidí comenzar a escribir este blog mi agobio personal había llegado hasta un grando tal que la tristeza me atenazaba el corazón. Pensé que, desahogareme a través de esta vía, me ayudaría a superar mis miserias y comencé a describir mis sentimientos. No quería tener lectores. Sólo quería dejar constancia de todas mis reflexiones, acertadas o no, para releerlas cuando todo esto quedase superado y comprender qué clase de persona era yo. En qué me habían convertido mis vivencias. 
Por lo tanto este blog es una especie de diario personal que, deseo, no se dilate en exceso en el tiempo. No obstante, si alguien pretende leerme y quiere adentrarse en este oscuro mundo en el que vivo, debería conocer primero cuál es el origen u orígenes de mis miserias.
Todo comenzó el 2 de julio del 2009 cuando a mi padre le diagnosticaron un cáncer de esófago en estadio III. Aquella noticia fue un mazazo para toda mi familia e, inicié, entonces, una búsqueda en internet para descubrir qué esperanza de vida tendría un enfermo con semejante pronóstico.
Los datos no eran muy alagüeños. A lo sumo viviría 1 año más.
Durante 6 meses, acudimos casi semanalmente al servicio de oncología de nuestro hospital de referencia.Allí, sus ángeles azules, las enfermeras, lo mimaban mientras le aplicaban el tratamiento de quimioterápia que ordenaba la doctora. Al parecer durante ese tiempo, el cóctel químico que le introducían por vía intravenosa surtía efecto y, las pequeñas metástasis pulmonares, se reducían.
Pero, en enero del 2010, algo comenzó a fallar. La medicación contra el cáncer había producido un trombo en el pulmón y pasamos varios días en una habitación de hospital. Poco después sus defensas se vieron mermadas y una bacteria, gemella morbillorum, provocó una importante infección que nos obligó a ingresarlo en dos ocasiones. Durante casi 3 meses no pudo tomar el tratamiento de quimioterapia y, las odiosas células cancerígenas proliferaron en su cuerpo. El mal se había hecho resistente al viejo tratamiento y el nuevo no surtió el efecto esperado. Ya nada se podía hacer.
En agosto del 2010 volvió a ingresar en el hospital. En esta ocasión, el tratamiento paliativo de la enfermedad le provocó una taquicardia que se vió corregida con una adecuación de la dosis de los medicamentos.
Tras superar ese bache, seguimos acudiendo semanalmente al hospital. Todos los miércoles por la mañana, hacia las 8:00, llegábamos al servicio de oncología para que le hicieran los pertinentes análisis de sangre y le aplicasen el tratamiento paliativo de la enfermedad. Todos los miércoles pedía permiso en el trabajo para poder acompañar y cuidar a mi padre. Aunque eso me supusiera trabajar 10 horas el resto de días de la semana.
A lo largo de ese período fui consciente de que las enfermeras, pero sobre todo la oncóloga, veía a mi padre como un luchador. En su lamentable estado cualquiera habría tirado ya la toalla. Pero él seguía fuértemente aferrado a la vida. Hasta el 12 de octubre de 2010.